Historias de precariedad (III)

Detrás de ese espeto, de esa rosada a la plancha que disfruta la gente en restaurantes y chiringuitos, quizás, se oculta un drama social. Esta nueva entrega de Historias de precariedad nos revela precisamente eso: jornadas de hasta 60 horas semanales, aderezadas con toda suerte de irregularidades:

«Mi situación era y es un factor común entre los empleados de hostelería. Estuve tres años trabajando en un restaurante de renombre del municipio. Durante todo el tiempo se me pagaba por horas, a razón de 6 euros/hora. Mi contrato fue el primer año de 10 horas semanales, siendo los dos siguientes 20 horas semanales, siempre en una categoría salarial inferior a la que me correspondía.

En temporada baja, echaba una media de 30 horas a la semana que se concentraban en los tres días del fin de semana, para hacerme ‘el favor’ de echar horas para poder ganar un sueldo que me permitiera sobrevivir el invierno. En temporada alta, la media se disparaba a más de 50 horas semanales, distribuidas en seis días, llegando algunos meses a las 60 horas.

Las vacaciones remuneradas tuve que ganármelas y negociarlas, quedando al final a dos semanas anuales pagadas a la mitad de lo que establecía mi contrato. Más de una vez me propusieron pasar a plantilla fija con 40 horas de contrato, pero aquí las condiciones cambiaban. El sueldo sería de 1.000 euros mensuales por 48 horas de jornada semanal. Con ésto pasaba una cosa, que las horas que echaras de menos sobre esa base se debían, distribuyendo muy irregularmente la jornada a lo largo del año.

Además, descubrí que mi situación no era la peor, había compañeros a los que ni siquiera pagaban esas vacaciones pactadas, por ejemplo. Los horarios se hacían semanalmente y solían variar bastante de unas a otras, dificultando poder planear o tener una estabilidad que fuera compatible con nuestra vida.

Finalmente no pude más y acabé dejando ese trabajo que me consumía, pero por desgracia, muchos de mis antiguos compañeros están atados allí, con personas con familias a su cargo, hipotecas, alquileres, en edades que les dificulta la búsqueda de empleo, dejándolos en una situación muy vulnerable, de lo que estos dueños se aprovechan deliberadamente. Me gustaría finalizar señalando lo mismo que al principio, que por desgracia mi situación no es única y tristemente no es la peor que se puede encontrar en el sector».

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